— Tu eres muy extraño, pareces entrar en un trance cuando escuchas una canción, y cuando actúas así, me causas un poco de miedo — dijo moviéndose lentamente hacia la derecha una adolescente poco desarrollada físicamente, desalineada y de baja estatura.

Un adolescente un poco más alto que ella, de nariz ancha, de ojos y cabellos castaños claro, que estaba sentado junto a ella en una peculiar banca de concreto, tenía los ojos cerrados, la expresión en su rostro era similar a si hubiera recién probado un bocado de un delicioso postre y lo estuviese aun deleitando en su boca — Me gusta disfrutar de la música y si ves todo lo que está a tu alrededor te distraes.

Tenía razón, estaban sentados en una banca a las afueras del parque, la avenida principal estaba frente a ellos, los automóviles pasaban a gran velocidad a pesar de estar los parachoques, niños, señoras y gente en general caminaban hablando a gran voz. No importaba que fuese de noche, había mucho movimiento y sobre todo ruido.

Pero ella no entendía cómo podía concentrarse al grado de ignorar todo ruido y movimiento, así que no dudó en preguntarle directamente — ¿Cómo puedes disfrutar de esa manera la música ante tanto disturbio?

El chico sonrió, abrió los ojos, vio directamente a la chica y respondió — No es fácil al primer intento, pero el primer paso es cerrar los ojos, el segundo paso es concentrarte en la música tanto como puedas.

La chica quiso intentarlo por sí misma, él levantó a la altura de los oídos de ambos el dispositivo que reproducía canciones en altavoz, como si nada, el chico cerró sus ojos y se perdió en la melodía, por el contrario, ella a pesar de tener su vista apartada de todo, no podía evitar escuchar a un niño llorar, las campanadas de la iglesia que se escuchaban a en la lejanía, los carros acelerando como si estuvieran en una pista de carreras, intentó una vez más, sin embargo falló, molesta y fastidiada del agotador esfuerzo de ignorar el disturbio, abrió los ojos y retiró su oído del aparato.

El chico tardó un rato en darse cuenta que ella ya no estaba a lado suyo, pero extrañado le preguntó — ¿Qué pasó?

Ella se había estresado, pues en lugar de poner atención a la canción, escuchó todo lo demás, frunció el ceño, cruzó las piernas y los brazos y dijo — Tu método no funciona o yo no soy capaz de lograrlo — El joven se entristeció que ella no pudiese sentir lo mismo, y permaneció en silencio unos instantes, pensaba cómo podía ayudarla a que disfrutara de la melodía. Pero ella, parecía más decaída y le dijo — Quizá tiene que ver que tú si sabes de verdadera música y yo solo soy una aficionada.

El chico desde pequeño estudió en escuelas de música, sabía tocar varios instrumentos y por supuesto conocía de solfeo y muchas otras cosas más, por el contrario, ella siempre deseó con todo el corazón dedicarse a la música, pero en su familia había otras prioridades y la música no era una de ellas. ¿Era eso lo que impedía que ella no disfrutara a pesar del ruido? Se preguntaba el chico, pero él sentía que eso no tenía nada que ver, su regocijo al escuchar música iba más allá de la teoría, o el saber tocar un instrumento.

En la banca de concreto que estaba afuera del parque y enfrente de la avenida principal la conversación era silencio contra los disturbios que rodeaba el ambiente. Pero el verdadero ruido estaba en la mente de esos chicos, ella frustrada, desanimada y sintiéndose inferior, y él, pensativo y agobiado por no poderla ayudar. La música nunca dejó de sonar, el chico acercó el dispositivo a su oreja, y brevemente reconoció el sonido que emanaba de su instrumento favorito, la guitarra eléctrica. Y sin pensarlo más dijo casi en un grito — Lo sé.

La chica dejó sus pensamientos en ese instante y vio al chico que estaba sentado a su izquierda — ¿Qué sabes?

El chico se acercó a ella, tanto que sus piernas casi se rosaban y entonces muy animado le dijo — Trata de reconocer los instrumentos que hay en la canción, el que quieras, intenta reconocerlo en todo lo que reste de la melodía.

Cuando la chica estaba a solas en su habitación, solía escuchar música todo el tiempo y algunas veces movía sus manos intentando imitar con movimientos los sonidos de las guitarras o la batería. Pensando en esos momentos a solas, una vez más cerró sus ojos, e intentó buscar entre tanto disturbio uno de esos sonidos, no fue sencillo pero lo logró — Por fin puedo escucharlo —

El chico apresuradamente le dijo — Shh, si hablas nos desconcentrarás.

Ella volvió a intentar concentrarse en la canción y no solo escuchó la guitarra, también la batería y su corazón comenzó a palpitar con intensidad, no sabía si era por finalmente poder disfrutar de la música, porque no podía escuchar ningún otro ruido externo o por el hecho de que en esa banca de concreto había una química especial entre esos dos, ella misma silenció sus pensamientos y siguió deleitando de cada una de las notas que no podía identificar, pero sí escuchar.

Los años pasaron, el chico y la chica poco a poco dejaron de hablar. Él siguió por la vida caminando por las calles de la ciudad, cargando con el dispositivo, escuchando sin auriculares. Ella prefería los auriculares pues amortiguaban de mejor manera los ruidos externos, guardaba en su corazón esa grandiosa enseñanza, nunca supo de solfeo, abandonó su guitarra, se dio cuenta que no sabía cantar, pero eso jamás impedía que disfrutara de la música.

De vez en cuando ella jugaba a ser un instrumento, no importaba si la canción ya la hubiese escuchado muchas veces, siempre era divertido hacerlo. Además de que su corazón se aceleraba, conocer las letras, moverse al ritmo de la música, provocaba que su piel se erizara, y algunas otras hasta lloraba de tan maravillosa experiencia. Se dio cuenta, que ese era un don que pocos tenían, con nadie más podía hablar o compartir eso.

Estaba segura que ni los músicos a los que escuchaba se disponían a escuchar y disfrutar de su música de esa manera, entonces ella entendió, que tocar instrumentos, cantar o saber solfeo no aseguraba que pudiese disfrutar, sentir, bailar o imitar con movimientos de los instrumentos. Ir por la vida, con audífonos, jugando a ser un instrumento la ayudaba a estar segura de los disturbios de afuera y ¿Por qué no? También los de su propia mente.

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