No encuentro manera de comenzar a describir.

A veces me pregunto si de verdad esto es una pandemia. Algunas veces siento que estoy en un bucle de vacaciones de primavera de cuando estaba en secundaria, pero siento el frío en los dedos de mis pies, veo el sol en una inclinación que apenas irradia luz, entonces me doy cuenta que en realidad el tiempo si ha pasado. Lo sé porque algunos de mis pantalones ya no me quedan, también porque lavo más mi pijama que la ropa de diario, y mis sandalias están desgastadas tanto que ha varias veces me he resbalado y caído.

A veces creo que vivo en una novela de ficción distópica cuando escucho a mis familiares apoyar o rechazar ideas conspirativas respecto al virus, las vacunas o lo que sea que sucede.

Otras siento que es un relato de terror porque aunque trato de no ver noticias para mantener mi mente tranquila, no puedo ignorar la cantidad de niñas y jóvenes desaparecidas. Y me he negado a salir de mi casa por miedo al virus que nos mantiene cautivos, pero también por temor al otro virus, el de la violencia.

Hay días que no soporto la presión y el miedo. Me gana la impotencia por no poder abrazar a quienes quisiera. No puedo contar las veces que desperté creyendo que me había alcanzado ese virus. En mis sueños mucha gente cercana ha muerto por eso.

Pero eso solo un poco de lo externo, internamente no he logrado dormir bien, me duelen partes de mi cuerpo, partes que apenas y muevo. Mis ojos piden un descanso, y yo no quiero dejar de ver, lo que sea que esté en mi celular.

Traté con todas mis fuerzas dar lo mejor de mi en el formato virtual de mis clases, había días que desde que iniciaba, me atacaban los dolores de cabeza, creo que este año consumí demasiadas aspirinas y paracetamol. Algunas ocasiones no quería hablar y esperaba que mis compañeros hicieran un esfuerzo por participar, pero algunas veces no, me moría de tristeza y pena de escuchar el silencio, de ver a mis profesores preguntando e insistiendo por una respuesta.

Ni hablar de esa vez que un par de mis compañeros hicieron sentir mal a uno de los mejores profesores que hemos tenido. Pero más enojo y coraje sentí en ese momento que no me atreví a defenderlo, porque tuve miedo, miedo al rechazo y a la cancelación de mi grupo.

Otros días estaba tan fastidiada del ruido, de la música de mis vecinos que no podía escuchar lo que me gustaba. Tengo que admitir que hasta las voces de mi familia me hartaban.

Sobre escribir, avanzo muy lento, produzco menos de lo que quisiera, pero mi mente está agotada de tanta mierda, y a veces me vence el sueño y mis letras, quedan olvidadas. Sin embargo, otras ocasiones, mis ánimos se levantan cuando leo los comentarios de aquellos desconocidos y otros conocidos que me alientan a seguir, dicen que no abandoné mi sueño, que soy buena y me felicitan.

Dejé muchas ideas a medias, y me siento un poquito decepcionada de mí misma, porque quería más de mí, pero no pude. Y de alguna manera, fui envidiosa de quieres aún tenían trabajo, o por aquellos que salían sin miedo a nada.

Una vez lloré porque el único que confía en mi cuando estoy al volante, me gritoneo, me regañó por no hacerlo bien. Entre los nervios varios sustos pasamos, hace no mucho, estuve cerca de arrollar un peatón despistado. Llegué a mi cuarto a llorar, por miedo, por rabia y mucho más.

Procuro cada noche dormir hasta después de orar y pedirle a Dios por la salud y bienestar de mi familia y cercanos. Creo que mi deseo de bien se ha vuelto obsesivo y me deja intranquila, porque prefería que cualquier cosa que sucediera, me pase a mí antes que a ellos. Casi me muero, y tuve mucho miedo, lo curioso es la velocidad en la que los pensamientos viajan en esos momentos. Se me partió el corazón cuando mi mamá lloró al confesar su miedo a que yo muriera. Ese día corrí a los brazos de mi amado, porque me di cuenta que quería vivir muchos años más.

Probablemente, él se convirtió en mi motor para no desvanecer. Él, rebelde y valiente, me llena de abrazos y besos, que recargan mis energías y cuando sus labios tocan mi frente, siento que mi vida reinicia. Y mi corazón sigue latiendo, porque siempre que intento retroceder, él toma de mi mano y no me deja caer.

Sé que no me ha ido muy bien, porque mi propio cuerpo es testigo de las marcas tanto físicas como mentales de todo el dolor que he cargado, sobre todo del miedo que cada vez me consume más y más.

Ciertamente, este año fue el que más he callado. Hace unos días dije algo en casa y nadie me escuchó, no estaba sola, pero muchas veces parecía que sí. Luego escribí “Hace tiempo que mi voz no se oye aquí”.

Esta vida virtual me llena de inseguridades, provoca que busque aprobación de todo mundo, menos de mí. Me pregunto ¿dónde estoy? Me he olvidado de mi versión real, la de carne y hueso, no esa que todo mundo ve desde sus dispositivos.

Quisiera que con el año nuevo mis miedos e inseguridades se desvanescan, pero mi vida no es una ficción, esto va tomar tiempo. Pido a Dios que me de fuerza y paciencia para soportar el proceso, porque todo esto me ha dañado.

Nunca me gustó hacer propósitos, este año se me ocurrió hacerlo y nada se cumplió, claro eran cosas materiales. Probablemente esa sea una de las razones por las que me siento tan decepcionada de lo que hice, de lo que no, de lo que pensé o expresé. Tampoco quiero ponerme en plan optimista, porque si esta pandemia sigue, dudo que las cosas mejoren.

Quisiera encontrar la paz en mi interior, me gustaría aplacar los pensamientos revoloteantes de mi mente. Inicié este texto sin tener palabras, y aquí vomité todo lo que me causaba malestar y angustia.

Lo curioso es que a pesar de todo lo que guardé en mi interior, no quiero que este año acabe, y no entiendo muy bien porqué.

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